Hay una vieja metáfora sobre cómo hervir una rana: si la arrojas en agua hirviendo, salta. Pero si la pones en agua fría y subes la temperatura gradualmente, se queda hasta que es demasiado tarde. La historia es falsa, claro —las ranas reales no son tan estúpidas—, pero la gente sí.
Washington afila el bisturí: acumula en el Caribe cerca del diez por ciento de su poderío naval. Sus voceros hablan de “operaciones quirúrgicas” contra laboratorios, pistas, campamentos narco… y acaso algo más —¿instalaciones militares?, ¿figuras políticas? Todo envuelto en el celofán de la “guerra contra las drogas”, un argumento tan útil que ya nadie se toma el trabajo de creérselo.
Trump calienta el agua gradualmente esperando que Maduro salte—que capitule, que lo traicionen—que el sistema se quiebre desde dentro sin necesidad de invadir para removerlo.
El problema: esta metáfora asume que la rana PUEDE saltar. Que existe algún lugar fuera de la olla donde estará mejor.
¿Y si no lo hay?
El regalo envenenado
Aviones estadounidenses bombardean una pista narco en Apure. Si respondes “en defensa de la soberanía” en sentido literal, estás acabado: no hay forma de detener bombardeos desde el exterior.
Pero si tu objetivo es sobrevivir políticamente, ese bombardeo es oportunidad.
Lo que en cualquier otro momento habría sido un abuso —confiscaciones, detenciones, desapariciones, toques de queda— pasa a llamarse “defensa de la soberanía”, “protección contra la injerencia”—“Decreto de Conmoción Exterior”.
En dos platos: la agresión externa fabrica legitimidad interna.
Washington le serviría al madurismo en bandeja de plata la narrativa para acelerar lo o que ya venían haciendo desde que se robaron las elecciones: reprimir, expropiar, blanquear apropiaciones, cercenar libertades. La presión internacional sube la temperatura; la reacción local la institucionaliza.
Por qué la rana no salta
La estrategia de Trump parte de dos vías para sacar a Maduro sin invadir: que la presión lo obligue a negociar, o que fracture lealtades militares para provocar un quiebre interno.
Ambas son apuestas débiles.
Maduro era Canciller cuando Chávez intentó mediar por Gadafi en 2011. Vio cómo terminó asesinado en las calles. Hillary Clinton rio: “We came, we saw, he died.”
Lección: una vez que empieza el bombardeo, rendirse no te salva.
Para regímenes mafiosos patrimoniales, perder poder es perder la vida. Todos los crímenes quedan expuestos sin protección del Estado. Trump ofrece $50 millones de recompensa por Maduro dead or alive. No ofrece exilio. Ofrece trofeo de caza.
Así que toda presión gradual pretende forzar una negociación que, en los hechos, no puede existir. Calientas el agua esperando que la rana salte, pero fuera de la olla hay un precipicio.
¿Y el quiebre militar? Para que funcione, los mandos deben creer que traicionar los salva. ¿Es creíble? No para la cultura militar venezolana.
La respuesta asimétrica
Maduro entiende lo esencial de la confrontación asimétrica: no compites en el terreno que define tu rival. En un choque simétrico —avión contra avión, barco contra barco— Venezuela pierde. Rápido. Siempre.
Trump bombardea pista narco en Apure. Maduro responde expropiando empresas en Caracas. Trump destruye laboratorio en Amazonas. Maduro ilegaliza y apresa lo que queda de Vente Venezuela.
¿Qué hace Trump contra eso? ¿Bombardea el Banco Central?
Cada golpe militar estadounidense se transforma en capital político interno. El decreto de conmoción exterior aún no existe públicamente, pero su espíritu se adivina: suspender garantías, confiscar bienes, reprimir bajo la coartada de la “defensa nacional”. Sus objetivos: empresas no alineadas, sistema financiero privado, importadores, medios, ONGs. Todo el tejido social que necesitarías para, precisamente, avanzar un cambio de régimen.
Trump puede hundir la armada, derribar la fuerza aérea. No puede revertir un “decreto de conmoción exterior”. Cada acción de Maduro—expropiar, apresar—fortalece control. Y bombardear más solo refuerza la narrativa que permite a Maduro consolidar su control.
La única forma de romper ese círculo: tropas terrestres. Y ahí volvemos al “bridge too far” del que habla el ex-jefe del Comando Sur.
El tiempo como arma
Esa armada desplegada —portaaviones, destructores, bombarderos— tiene patas cortas. Proyectar fuerza naval cuesta millones al día, y sin tropas terrestres el impacto de los bombardeos se evapora rápido.
Trump dispone de una ventana —hasta diciembre, primeros meses del 2026, con suerte— para sostener la presión máxima. Si Caracas controla sus respuestas para no regalar el pretexto de una invasión, tiene ventaja. Su estrategia no es derrotar en el campo; es absorber golpes mientras elimina amenazas internas. Convertir cada bomba en un ladrillo más del muro que protege al poder.
Y cada día que pasa sin invasión confirma la sospecha: la amenaza no es del todo creíble. Es el problema del blufeador. Tulsi Gabbard lo dijo en Bahréin: “la era del regime change mediante invasión terminó bajo Trump.” Maduro escucha y concluye lo obvio.
Quizá en Washington imaginen una progresión ordenada: primero lanchas narcos, luego instalaciones, al final los líderes. Asesinar selectivamente a mandos extranjeros es, por definición, acto de guerra. Trump ya lo hizo con Soleimani. Hay cincuenta millones sobre la cabeza de Maduro —dead or alive. Fuerzas especiales pueden intentar “matarlo o capturarlo”, si es que logran entrar.
Pero, si tu mensaje es “te mataremos”, ¿qué incentivo racional dejas para negociar? La respuesta lógica no es “firmemos un acuerdo”; es “peleemos hasta el final”. El poder aquí es patrimonial: lealtades personales, no instituciones. Eliminar a Maduro o alguno de los de la costra no conducirá a un interlocutor más razonable.
¿Son los golpes de decapitación alternativa a la invasión o su paso irreversible? Nadie lo sabe.
¿Puede ganarse desde el aire?
La historia del poder aéreo como herramienta de cambio de régimen no invita al optimismo. Este pueblo en el que vivo fue reducido a escombros y Alemania siguió peleando hasta que las tropas entraron en Berlín. Estados Unidos lanzó más bombas sobre Vietnam que en toda la Segunda Guerra Mundial. Igual perdieron.
Libia requirió meses de bombardeos de la OTAN y combatientes en tierra. Assad, tras años de ataques aéreos, cayó solo cuando los rebeldes avanzaron y tomaron Damasco. El patrón es claro: sin una fuerza terrestre que capitalice el daño, el bombardeo castiga, pero no derriba.
La costa madurista no busca legitimidad de origen. No la necesita. Lo que sostiene al poder no son instituciones, sino una red de lealtades cruzadas por miedo y beneficio. Trump puede hundir la armada, derribar la fuerza aérea, eliminar líderes. Pero la historia sugiere que el bombardeo no disuelve esas redes; las endurece. La amenaza externa tiende a unificar.
Kosovo 1999 es el caso más cercano a una “victoria desde el aire”: setenta y ocho días de bombardeos de la OTAN, un territorio pequeño, rebeldes en tierra y apoyo internacional masivo. Venezuela no tiene nada de eso: es del tamaño de Texas, con geografía hostil, sin fuerza rebelde organizada ni respaldo internacional unificado.
El poder aéreo puede castigar, pero no cambia gobierno.
El callejón sin salida
Si no hay zona de acuerdo, las opciones se reducen a dos: matar a Maduro o seguir subiendo la presión esperando que se rinda.
Matarlo no resuelve nada. Su sucesor entenderá el mensaje: rendirse es morir. Y cada intento de “decapitación” solo unifica más al círculo de poder. La amenaza existencial no fragmenta; cierra filas.
La premisa de la estrategia es sencilla: suficiente presión forzará la negociación. Pero si la salida es la muerte, no hay presión que funcione. La rana no salta porque fuera de la olla hay un precipicio.
No hay acuerdo posible cuando uno quiere cambio de régimen y el otro no se entiende fuera del poder. Desde el inicio, es un callejón sin salida con pretensiones de estrategia.
La apuesta en la niebla
Dos jugadores hacen apuestas opuestas.
Maduro apuesta a que Trump no invadirá. Cree en Gabbard y en Stavridis: que “la era del regime change mediante invasión terminó”, que una operación terrestre en Venezuela sería a bridge too far. Asume que todo el despliegue —portaaviones, bombarderos, declaraciones— es teatro: presión calculada para forzar una negociación o un colapso que puede resistir. Está convencido de que puede absorber bombardeos limitados mientras se consolida internamente, y que la ventana política de Trump se cerrará antes de que esté dispuesto a pagar el precio real de la guerra.
Trump apuesta a que no necesita invadir. Que la presión gradual —bombardeos escalados, golpes selectivos, destrucción de capacidades militares— bastará para quebrar al régimen o fracturar las lealtades sin un solo boot on the ground. Que puede ganar barato.
Ambos pueden estar equivocados.
Maduro puede errar si subestima la voluntad de Trump de cruzar el bridge too far cuando las demás opciones se agoten. Si el límite no es un muro, sino una pausa táctica antes del golpe final.
Trump puede errar si sobrestima la fragilidad del régimen. Si la presión no produce colapso ni rendición, sino su opuesto: una consolidación más brutal. Si Maduro, como tantos autócratas antes que él, sobrevive precisamente porque todos lo dan por muerto.
Ninguno sabe con certeza qué piensa el otro. Pero solo uno está apostando la vida en la mesa. Esa es la naturaleza de la niebla: no se juega solo con las cartas que se tienen, sino con las que se cree que el otro tiene, y con lo que uno imagina que el otro cree que uno tiene.
En las próximas semanas caerán las primeras bombas sobre territorio venezolano. Entonces sabremos quién veía y quién suponía. Quién leía al adversario y quién apostó contra la realidad.
Y, como suele ocurrir, cuál de los dos descubrirá demasiado tarde que la niebla también arde.
Comentarios
¡Únete a la discusión en X! Comparte tu opinión sobre este artículo.
Comentar en X