En nombre de la traición se fusila, se destierra, se despoja. Es la palabra con la que el poder se protege de la verdad. El madurismo la conoce bien: de allí nació.
Y sin embargo, a veces la verdadera lealtad consiste en traicionar.
El madurismo me acusa de “traición a la patria” por ser “agente de la Exxon”. La ridiculez es esencial en el madurismo. Es parte del uniforme fascista.
Salgo barato. En las cárceles venezolanas se pudren cientos bajo cargos igual de ficticios.
Cuando el madurismo amenaza con quitar la nacionalidad a quienes apoyen una intervención extranjera, no está defendiendo la soberanía, sino apretando la asfixia sobre la patria. Su argumento apela a una verdad parcial: toda república castiga la traición, especialmente en guerra. Los franceses guillotinaron girondinos. Los unionistas colgaron confederados. De Gaulle fusiló colaboracionistas.
Pero la verdadera pregunta es otra: ¿quién define qué es “la república” cuando ya no existe república?
El totalitarismo destruye la condición misma de ciudadanía: el Estado exige obediencia pero no ofrece pertenencia. Es un cadáver que respira.
Maduro no exige lealtad a la patria. Exige sumisión a Maduro. Contradecirlo es traición. La república vive del pensamiento libre. Cuando un régimen la destruye, desobedecer se hace obligación.
Sí, todas las constituciones castigan la colaboración con el enemigo. El problema es cuando el Estado es el enemigo.
Se dirá que Venezuela aún tolera cierta disidencia: hay articulistas que critican, Capriles habla “libremente”, espacios donde se organiza cierta oposición. Y que llamar a una invasión extranjera cruza cualquier línea legítima. Cierto. Pero Stalin toleraba a Pasternak. Pinochet toleraba a ciertos periodistas. La disidencia que “no agrada” termina en cárcel o exilio. Un régimen nacido del fraude invoca “traición a la patria” después de traicionar el pacto constitucional. Son ridículos. Y aquí está la ironía final: la propia Constitución que el chavismo redactó lo condena.
Artículo 350 de la Constitución Bolivariana: “El pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos.”
Léelo otra vez. “Desconocerá cualquier régimen.”
No dice “algunos regímenes”. No dice “excepto si el régimen se autodenomina revolucionario”. Dice cualquier régimen que contraríe valores democráticos o menoscabe derechos humanos. El madurismo hace ambas cosas cada día.
Chávez, en su Constitución, incluyó el derecho explícito a la rebelión contra un poder que traicione la democracia. No lo llamó “sugerencia”. No lo dejó ambiguo. Lo escribió como deber cívico. Y ahora su heredero llama traidores a quienes ejercen ese derecho que él mismo consagró. Debe ser por eso que están dedicados a borrar la memoria de Chávez de los registros.
El artículo 333 complementa esto: todos los ciudadanos y autoridades tienen el deber de colaborar en el restablecimiento del orden constitucional cuando este sea violado. No un derecho. Un deber.
El madurismo ya traicionó todo. La Constitución que invoca cuando le conviene es papel higiénico cuando no. Pero hay algo que sí les preocupa: que ese papel exista.
Por eso van por una reforma constitucional para eliminar lo que los amenaza: el artículo 350, el voto directo, todo ejercicio real de soberanía popular. Les aterra que exista un documento —así sea ignorado— que diga explícitamente que el pueblo puede desconocerlos.
No temen violar la ley. Temen que la ley autorice violarla cuando el violador es el Estado.
Nadie tiene derecho a obedecer cuando obedecer significa complicidad. Como cuando la primera obligación de un preso es huir.
Esa es la línea que separa al ciudadano del súbdito. Nicolás I espera ascender al trono. Nosotros esperamos que pierda la cabeza en el intento.
Llamar “traidor” a quien busca liberar a su país de una dictadura es como acusar de herejía a quien salva una iglesia del incendio. No hay república sin la posibilidad de rebelarse contra su corrupción.
La historia está llena de esos “traidores”: Sócrates frente a Atenas, los girondinos frente a la Convención, los jóvenes de la Weisse Rose que conspiraron contra Hitler. Todos fueron culpables ante la ley de su tiempo. Todos, en retrospectiva, leales a una idea más alta de comunidad.
El madurismo exige fidelidad a una patria que ya no existe. Cada vez que llama traidor a un ciudadano, revela su propia traición: han convertido la república en propiedad privada, la libertad en obediencia, el amor al país en miedo al poder.
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