María Corina Machado ha publicado un manifiesto. Es impecable, terso, aspiracional… ingrávido por su falta de política.

No se puede leer sin sentir la oquedad en el centro: la ausencia de teoría del cambio. No hay un cómo. Lo que ofrece es un castillo de arena que recoge, con entusiasmo casi ingenuo, los anhelos de la restauración neoliberal, pero nunca explica por qué deberíamos creer que ese mundo es alcanzable.

¿Negociación o bombazos? ¿En qué consiste exactamente ese “colapso interno”? ¿Y la famosa “transición militar”, será en manos de una fuerza armada cuya lealtad está anclada en lealtades más allá de lo institucional? Nada. En ese silencio se le ven las costuras.

Ese manifiesto no construye un país: construye una nube. Es el pergamino que se cuelga en la pared mientras otros —idealmente catires armados— resuelven el trabajo sucio.

“El régimen criminal debe rendir cuentas”. Muy bien. De acuerdo. Pero ¿quién lo obligará a rendirlas? ¿Cómo? ¿Cuándo? En tiempos del Ford en el Caribe, la respuesta implícita es obvia: no nosotros.

Come back abril de 2002: la oposición insiste en la fantasía de que, con apartar a Chávez del escenario, el país se reordenará por simple gravitación democrática. Suponen que la restauración neoliberal será recibida con ovación general y que los militares, tocados por una súbita iluminación cívica, se alinearán con el “lado correcto de la historia”. La realidad entonces fue mas prosaica: la Poleo casi despatarrándose en sus propios tacones durante la estampida, mientras Chávez volvía al poder con más fuerza que antes.

El manifiesto de hoy respira esa misma superstición. “Reformaremos nuestras fuerzas armadas”. Por supuesto. ¿Y cómo convences a una cúpula militar cuya caída significa La Haya a que renuncie porque leíste un texto sobre dignidad?

“Nueve millones volverán”. ¿Volverán con qué economía? ¿Qué empleos? ¿Qué garantías? Seguro que no regresarán para aplaudir un recetario neoliberal: lo único que podría sostener un retorno masivo es un plan colosal de inversión pública. Keynesianismo puro y duro, lo contrario de lo que sugiere el manifiesto.

En 2002 la oposición, al menos, intentó jugar el juego del poder. Paro petrolero, presión empresarial, conspiración militar: pésimos cálculos, obvio, pero hoy no pueden siquiera presumir de eso, en buena medida porque aquellas mismas aventuras terminaron por vaciarlos.

El manifiesto no dedica una línea a la construcción de poder real. Se mueve en la dimensión fantástica de la religiosidad mágica. No hay estrategia, ni secuencia, ni actor social que respalde la empresa. Ni siquiera se sostiene en la única palanca existente: la victoria electoral de julio, cuando millones votaron contra Maduro pese a las coacciones. En vez de anclarse ahí, prefiere levitar.

Machado escribe como si el cambio de régimen fuera un trámite ya cumplido. Como si solo faltara que Washington remueva a Maduro para que ella despliegue este catálogo ilustrado del día después.

Quizá tenga información que nosotros no tenemos. Quizá existan garantías que no son públicas. Quizá la apuesta sea más sofisticada de lo que parece desde fuera.

O quizá estemos ante una nueva repetición de ese viejo error: confundir moral con estrategia política.

El póker se juega con cartas incompletas y apuestas calculadas. Este manifiesto se lee como si todas las cartas estuvieran a la vista y la mano ya estuviera ganada.

La historia, sin embargo, suele cobrarse cara ese tipo de confianza, como lo demostró el 2002—