Luce inminente un ataque de los Estados Unidos sobre territorio venezolano. Hasta hace poco, en Venezuela palabras como “soberanía”, “voluntad popular” y “democracia” cargaban peso específico. Una flota estadounidense cerca de nuestras costas habría desatado protestas masivas y toda la imaginería antiimperialista que América Latina ha rumiado durante un siglo. Pero esa Venezuela ya no existe. Ni su Estado, ni su gobierno son tales.

Hace años, Adriano González León acuñó una imagen: País Portátil. No imaginó que la metáfora dejaría de ser literaria para volverse antropológica. Hoy el gentilicio es una condición: más de ocho millones de venezolanos cargan su país empaquetado en el equipaje de mano. “Venezuela” es tanto una diáspora como una geografía. Más nostalgia que soberanía.

Venezuela es un secuestro con bandera. Por eso la aparición de una armada yanqui, más que indignación, produce en muchos un suspiro casi sacrílego de alivio: por fin alguien más grande que ellos. Por fin alguien con la fuerza para cesar el abuso.

Ahí se abre la paradoja contemporánea del venezolano: esperar —con un pudor que perdimos hace rato— que Estados Unidos, ese ogro histórico, empuje lo suficiente como para romper el candado del secuestro. Nadie cree que invadirán; todos esperan que obliguen a los verdugos a soltar la cadena.

El dilema es obsceno. Pero las náuseas no resuelven nada. Pedirle a una sociedad hambrienta, exhausta y desarmada que derrote a un aparato armado y petrolero es una crueldad reservada a quien nunca ha necesitado justicia.

La verdad elemental, debajo de la retórica antiintervencionista, es esta: la sociedad venezolana enfrenta a una organización criminal que usa las formas estatales como fachada. Y frente a organizaciones criminales, la discusión moral sobre la intervención cambia de naturaleza. El pacifismo a lo escandinavo —ese lujo— no funciona frente a una estructura mafiosa que se reparte el país como botín entre militares, testaferros y custodios de la rapiña.

En ese contexto, la palabra “intervención” deja de ser sacrilegio y se convierte en posibilidad —y hasta esperanza—: cirugía de urgencia. Extirpar el tumor. Aliviar el dolor. Pero el precio del alivio puede mutilar para siempre. Esa es la pregunta que hay que mirar de frente.

La flota estadounidense —esa presencia ominosa, esa figura que ha plagado de tragedias a América Latina— hoy se lee, para muchos venezolanos, no como signo de dominación, sino como prueba de que aún existen fuerzas capaces de obligar a una mafia a retroceder.

La lista de horrores derivados de intervenciones norteamericanas es demasiado larga para repetirla. Pero también puede salir mal no hacer nada. De hecho, ya salió mal: ocho millones de exiliados, un país pulverizado, un Estado sin legitimidad y una élite que convirtió el poder en patrimonio personal.

Lo que se perfila no es una invasión. Estados Unidos no va a gobernar Caracas. Lo que se perfila es algo más frío, más propio de esta época: presión militar calibrada, escalonada, orientada a destruir la sensación de impunidad del madurismo. Llevarlos arrodillados a negociar.

Ni Pearl Harbor ni Panamá. Más bien la sombra de un portaaviones proyectándose sobre el ocaso de un régimen.

Pero aquí surge la pregunta incómoda: ¿y si la presión externa es insuficiente, no por falta de voluntad, sino porque el día después es un abismo que nadie sabe cómo cruzar?

Cuando una mafia captura un país, hablar de “solución interna” no alcanza. Demostrado. Pero tampoco la presión externa es garantía de nada: puede funcionar o puede degradarse en teatro de impotencia: golpes puntuales que el madurismo convierte en combustible para su narrativa de resistencia. Cada bombardeo lo trocará en capital político.

Estados Unidos puede destruir activos; el madurismo puede sobrevivirlos. La fuerza, sin estrategia que quiebre la estructura de poder, es solo ruido.

Lo cierto es que la sociedad venezolana ha sido llevada tan al límite que en buena medida ha depositado su esperanza en aquello que habría rechazado sin dudar. No porque sea ideal, sino porque las alternativas se agotaron.

Es mejor enfrentar el horror de los hechos que refugiarse en la fantasía estética de una pureza moral que solo pueden permitirse quienes no están siendo golpeados.

La paradoja venezolana no desaparecerá pronto. Quizás no hay salida limpia: toda opción tiene un precio imposible de pagar sin daño permanente.

Esa es la verdad más difícil: puede que no haya respuesta correcta, solo elecciones entre formas distintas de horror.