Hace veinte años, en mi temporada como diplomático bolivariano, salía de mis encuentros con la “Venezuelan Desk” de Roger Noriega con la impresión incómoda de que esa gente no entendía a Venezuela y tampoco tenía interés en intentarlo. ¿Para qué, si los viejos moldes de la Guerra Fría seguían intactos? Caudillo tropical, masas crédulas, el fantasma de Castro. La narrativa establecida resolvía el expediente. Era cómodo. Con la excepción de Tom Shannon, los únicos que hablaban con algo de conocimiento eran los petroleros: gente con skin in the game, que pisaba barro y entendía que el mundo es más complejo que un memo de Foggy Bottom.

Esa mirada hacia el sur no ha cambiado. Washington “redescubre” América Latina cada cierto tiempo, siempre desde su propia soberbia y sus propios traumas. El redescubrimiento de hoy viene marcado por una generación formada en el exilio cubano y en los ecos de la Guerra Fría. Marco Rubio es su criatura más aplicada y, con Trump, su vocero más influyente. Ahora acumula dos cargos —Consejo de Seguridad Nacional y Departamento de Estado— y ambos apuntan a lo mismo: revivir una doctrina que ya olía a moho en los ochenta y que, bajo el corolario Trump, roza la autoparodia.

El papel aguanta todo: Estados Unidos reafirmará su primacía hemisférica. Bases, puertos, telecomunicaciones, minerales: todo bajo vigilancia. China, Rusia, Irán: afuera. Puro músculo.

Pero entre la doctrina y la realidad se abre un boquete. Y cuando uno se asoma, descubre dos cosas: que Washington no tiene cómo ejecutar lo que dice, y que la propia administración lo sabe. Por eso el asterisco: ciertas condiciones aplican, dependiendo de tus conexiones y contribuciones.

El caso Hernández: la guerra antidrogas solo contra los pobres

El expresidente hondureño Juan Orlando Hernández es una radiografía del doble rasero.

Ocho años en el poder. Condenado por facilitar más de 400 toneladas de cocaína hacia Estados Unidos. Un juez nombrado por George W. Bush —difícil acusarlo de socialista bolivariano— le dictó 45 años de prisión. La investigación comenzó bajo Obama, sin que Biden pudiera mover una ceja en Nueva York. Y uno de los fiscales, Emil Bove, terminó siendo abogado de Trump y ahora juez de apelaciones.

La prensa dice que una carta que Roger Stone hizo llegar a Trump inclinó la balanza a favor del narco-expresidente. Trump respondió con entusiasmo.

Explicación oficial: Hernández fue víctima de un “montaje” de Biden, lo que Trump coronó con: “Si alguien vende drogas en ese país, eso no significa que arrestes al presidente”.

Salvo que Hernández no fue condenado por tolerar narcos, sino por trabajar con ellos: recibir sobornos, financiar campañas, usar el Estado como “autopista de cocaína hacia Estados Unidos”.

El gesto fue tan grotesco que hasta los republicanos se escandalizaron. Bill Cassidy: “¿Por qué perdonamos a este tipo y luego vamos detrás de Maduro?”.

Simplemente porque Hernández tenía los contactos correctos. En la guerra contra las drogas, también hay categorías de cliente.

El caso Batista: aranceles al mejor postor

Joesley Batista completa el cuadro desde el lado empresarial.

Copropietario de JBS, la mayor procesadora de carne del planeta. En Brasil es célebre por confesar sobornos a 1.800 políticos. Grabó al presidente Temer recibiendo dinero. Provocó un colapso bursátil que pasó a la historia como el “Joesley Day”.

En Estados Unidos, en cambio, es un filántropo oportuno: su empresa Pilgrim’s Pride donó cinco millones al comité inaugural de Trump, más que Apple, Amazon, Meta y Google juntos.

Cuando Trump impuso aranceles del 50% a Brasil —los más altos contra cualquier país— alegó un déficit comercial inexistente: en realidad, Estados Unidos tenía superávit de 7.400 millones.

Batista pidió audiencia. La obtuvo. Semanas después, la Casa Blanca levantó los aranceles agrícolas brasileños. Lula luego fue por la foto.

Y el episodio siguió derivando hacia el realismo mágico. El mismo Batista —sí, el que sobornó a medio Brasil— fue enviado extraoficialmente a Caracas para convencer a Maduro de renunciar, en línea con las demandas de Trump. Diligencia oficiosa a nombre de Washington.

Da como para pensar: el símbolo de la corrupción sistémica actuando como emisario entre la Casa Blanca y el “narco-dictador” que Trump promete capturar y por cuya cabeza pide 50 millones.

Anne Applebaum posó la pregunta incómoda en una entrevista reciente: ¿en nombre de quién se conduce la política exterior de Estados Unidos? ¿La seguridad nacional? ¿O los que tienen acceso, cartera y la tarjeta de presentación correcta?

Hernández y Batista dieron la respuesta.

La doctrina encuentra la realidad

Incluso si la administración fuera coherente —y honesta—, la doctrina seguiría siendo una fantasía: China ya está adentro, y no hay poder estadounidense capaz de desalojarla.

Comercio China–América Latina en 2024: 518.000 millones de dólares. China es el principal socio de Sudamérica desde hace quince años. Más de 120.000 millones en préstamos. Veintiún países adheridos a la Ruta de la Seda.

Mientras Estados Unidos malgastaba tres billones en la fracasada epopeya afgana, China llegaba con chequeras sin sermones, ni ataduras a gobernanzas ni metas “democráticas”.

Algunos ejemplos:

Chancay (Perú). Xi inauguró el megapuerto en 2024; 3.500 millones de COSCO. Durante la misma cumbre APEC, Blinken anunció la gran contraoferta: 19 locomotoras y 90 vagones de los años 80, comprados por 6 millones. Chatarra sentimental. Mientras China invertía en el futuro; Washington vendía piezas de museo de transporte.

Chile. China compra el 36% de las exportaciones y el 65% del cobre. Pagó 4.100 millones por parte de SQM. Controla el 57% de la red eléctrica. La alternativa estadounidense no existe. Ningún mercado estadounidense absorbe ese cobre.

Argentina. Milei llamó “asesinos” a los líderes PCC, pero el swap de 18.000 millones sigue siendo su respirador financiero. Cuando el Tesoro sugirió terminarlo, Milei lo renovó. La ideología rinde, pero no paga salarios.

Venezuela. Despliegue militar récord, recompensa duplicada, etiqueta de terrorismo para el Cartel de los Soles. ¿Resultado? Maduro en Miraflores. Exportaciones a China suben de 277.000 a 453.000 barriles diarios. Máxima presión. Cero efecto. Otra vez.

El hemisferio que viene La elocuencia del documento está en lo que calla: democracia, instituciones, cooperación. Palabras que durante décadas fueron la coartada discursiva de Washington. Hoy solo quedan seguridad y control. Un hemisferio bajo administración preventiva.

Los think tanks llevan veinte años advirtiendo que el garrote sin zanahoria no funciona. En algún archivo cogen polvo las propuestas de recapitalizar el BID para apoyar mas proyectos de desarrollo, reformar la Corporación Financiera de Desarrollo, abrir mercados a exportaciones latinoamericanas.

Nada de eso ocurrirá con esta administración. Requeriría paciencia y coherencia, dos virtudes ausentes.

América Latina sigue siendo dependiente, pero ahora esa dependencia tiene competencia. China ofrece otra vía: no necesariamente mejor, pero alternativa. Y los gobiernos aprovechan el margen. Hasta el querubín favorito de Washington, Bukele, juega a dos bandas. Milei también, aunque grite lo contrario.

La administración Trump opera bajo reglas simples: la política exterior es un servicio a medida. ¿Condenado por narcotráfico? Si conoces a Roger Stone, hablamos. ¿Sobornaste a medio país? Si donas lo suficiente, también.

La Doctrina Monroe, con todas sus taras, tenía una lógica. El Corolario Trump tiene un tarifario.

Los gobiernos latinoamericanos lo saben. Maduro lo sabe. Xi lo sabe. La pregunta no es si Washington puede imponer su primacía. La pregunta es cuánto cuesta esquivarla.

Mientras tanto, China sigue construyendo puertos.

Notas:

Caso Hernández

Caso Batista/JBS

Anne Applebaum sobre corrupción/cleptocracia

China en América Latina (comercio general)

Chancay (Perú)

Chile-China

Argentina-China (swap)

Venezuela - petróleo a China