En estos despachos he tratado de ofrecer una lectura de la crisis entre Venezuela y Estados Unidos para que nadie le meta el dedo en la boca —ni Washington ni Caracas.
No para predecir —eso se lo dejo a los astrólogos—, sino para bajar el ruido: las estupideces que medios, columnistas y, sobre todo, influencers empujan a diario.
La escena de esta semana tensa la representación.
Trump se levanta un día, abre su aplicación favorita y suelta que el espacio aéreo venezolano debe considerarse “cerrado en su totalidad”. Al día siguiente, cuando medio planeta especula con misiles inminentes, remata con un “do not read anything into it”. No saquen conclusiones.
Es el viejo truco de Nixon, la madman theory: proyectar que eres capaz de cualquier cosa para que el otro no se atreva a tantearte. Actuar como si estuvieras loco. La incertidumbre como arma.
Como en el Birdman de Iñárritu, donde el drama está en los camerinos, no sobre las tablas.
Lo que se juega en realidad
La imagen que mejor encaja sigue siendo el póker: rostros que fingen, cartas boca abajo. Solo los muertos no tienen cartas en ese juego. Y los pobres.
83 venezolanos asesinados en el Caribe para enviar un mensaje. Vidas arrasadas por decisiones tomadas a kilómetros de distancia. La tragedia ocurre en un nivel; la disputa política en otro.
Las llamadas, los tuits, los sobrevuelos, las filtraciones: todo empuja hacia una mesa de negociación. El propio Trump no descartó sentarse con Maduro.
El teatro, hasta ahora, está montado precisamente para no tener que disparar.
Thomas Schelling escribió hace tiempo que los conflictos modernos se deciden cuando el adversario empieza a creer que no tiene salida. La amenaza pesa tanto o más que el golpe. El gesto militar vale cuando proyecta como inminente el siguiente paso.
Trump no necesita bombardear: necesita que Maduro piense que podría hacerlo.
Maduro no necesita demostrar fuerza: necesita que Washington crea que, si lo arrinconan, arrastrará al país al abismo.
La guerra del Caribe, hasta ahora, se libra en la mente de quienes deben decidir si negociar, resistir o quebrarse.
Pero, ¿qué provoca el quiebre de Maduro?
La pregunta que importa
Probablemente nada.
Mientras crea que aguantar sigue siendo posible.
Eso cambia cuando empiezan a caer los que lo sostienen.
Cuando el costo de la lealtad deja de medirse en discursos y empieza a contarse en ataúdes.
En Washington parece rondar un precedente reciente que funcionó: la estrategia que fue reduciendo a las FARC bajo el paraguas del Plan Colombia.
A las FARC las derrotaron con una trituradora paciente engranada sobre astucia e inteligencia. A la pacificación se llegó a pulso, no por victoria cinematográfica, articulando acoso constante, golpes quirúrgicos contra mandos, interdicción de cadenas logísticas, movilidad, infiltración de redes, propaganda para convertir a la guerrilla en sinónimo de terrorismo.
acoso constante, golpes quirúrgicos contra mandos, destrucción de laboratorios, cierre de rutas, infiltración de redes, propaganda que convirtió a la guerrilla en sinónimo de narcoterrorismo.
Más que épica, fue por deshidratación.
Lo escribí el año pasado en “Asedio a Ciudad Maduro”: la clave estaba en vaciar la voluntad de pelear. Las FARC llegaron a La Habana cuando seguir se volvió demasiado caro. Y porque existía una salida imaginable: curules, reinserción, tierra, crédito, una vida después del fusil.
Ese molde podría reciclarse ahora, deformado, sobre Venezuela.
El terreno es otro. Ya no una guerrilla en la selva, sino un sistema de poder incrustado en el Estado. Aun así, la lógica se parece: erosionar posiciones hasta que negociar empiece a parecer la única salida razonable. Si el jefe no cede, que lo haga alguien lo bastante cerca como para recomponer el tablero sin hacerlo volar.
Portaaviones, designaciones terroristas, recompensas, cierre del cielo, golpes en el Caribe, amenazas de “segunda fase”, filtraciones con sello Pentágono. Todo eso apunta en la misma dirección. No anuncia invasión. Sugiere que el futuro, tal como está, se acabó.
El problema es que el modelo FARC operaba sobre una organización que podía rendirse y seguir viva. Aquí hablamos de una cúpula con expedientes internacionales, precio en la cabeza y ningún exilio asegurado. Para ellos, perder el poder no equivale a retirarse: equivale a jugarse la vida.
Aun así, los precedentes pesan. Las FARC cambiaron de cálculo cuando empezaron a caer sus mandos: Raúl Reyes, el Mono Jojoy, Alfonso Cano. La negociación se volvió pensable cuando la alternativa dejó de ser abstracta y empezó a tener nombres, fechas, consecuencias.
Garrote, sí. Pero también una puerta abierta. Garantías creíbles. Un relato posible.
Para que algo así funcione con Maduro hacen falta ambas cosas. El garrote todavía no ha pasado del teatro. La alfombra roja no existe. Tal vez Erdoğan o Catar puedan tejerla. Tal vez nadie.
Pero si nadie lo logra y el círculo empieza a cerrarse, como ocurrió con las FARC, el cálculo puede cambiar más rápido de lo que muchos creen. Maduro necesita a alguien dispuesto a construir un puente antes de que el río se lo lleve.
De Svechin a la degradación coercitiva
Aleksandr Svechin, un viejo teórico militar ruso, dejó una distinción que hoy vuelve a servir. Las guerras, decía, tienden a buscar una ruptura rápida o a resolverse por desgaste.
A veces hay un golpe que quiebra al adversario y cierra el conflicto.
Otras, la historia se alarga y el desenlace llega por agotamiento.
A Trump el desgaste largo no le sirve: consume tiempo, paciencia y capital político. El golpe decisivo tampoco está a su alcance: no habrá boots on the ground, ni alcanza el respaldo interno, ni una opinión pública dispuesta a acompañarlo.
Entre ambos extremos aparece una tercera vía, menos clásica y más contemporánea: la degradación coercitiva.
No es una guerra declarada, pero tampoco simple presión retórica. Es una secuencia de golpes calculados, sostenidos el tiempo justo, orientados a achicar el círculo. Quitar capacidades clave. Hacer sentir a cada general la soledad que lo acompaña. Mantener el dominio del aire. Ajustar sanciones, bloqueos, maniobras para la mesa de negociación.
El molde FARC, acelerado y aplicado a un Estado. La lógica del Plan Colombia sin la paciencia del Plan Colombia.
La apuesta es alterar el cálculo íntimo del poder: que, para una parte de la élite, seguir atada al jefe empiece a verse más riesgoso que aceptar un mal acuerdo.
La defensa “anarquizante”
La doctrina militar bolivariana siempre habló de guerra asimétrica: absorber golpes, dispersarse, responder por vías que el adversario no pueda neutralizar desde el aire.
Misil en Apure: expropiación en Caracas. Golpe a un laboratorio: persecución de militantes opositores. Operación naval: decreto de “conmoción exterior”.
El régimen convierte cada presión externa en carburante interno. No puede derribar un F-35, pero puede cancelar concesiones, expropiar empresas, cerrar ONG, detener a quien estorbe.
Ese juego, sin embargo, exige cohesión. Y las elecciones de 2024 dejaron una señal incómoda: en los centros electorales militares Maduro perdió por barrida. La FANB ya no es un bloque compacto dispuesto a inmolarse por la cúpula. Es una institución fatigada, con sueldos pulverizados, corrupción abierta, agravios acumulados y una capacidad operativa cada vez más erosionada.
Reuters filtró los contornos del plan: si el ataque escala, las unidades se atomizarían en unas 280 posiciones ocultas —sabotaje, emboscadas, hostigamiento— mientras células armadas siembran desorden en Caracas.
Es la estrategia del “si me sacas, te heredo ruinas”.
Puede intimidar sobre el papel. En la práctica, la anarquización requiere algo más que manuales operacionales: necesita militancia convencida. La milicia existe y está armada, pero pesa más como nómina que como mística. Y si una fracción relevante de la FANB decide plegarse al cerco, esa maquinaria se repliega más temprano que tarde.
La doctrina asimétrica fue pensada para un país que ya no existe. Por eso, más allá de la retórica, la estrategia real sigue siendo la de siempre: ganar tiempo.
Las grietas desde abajo
La FANB ha sobrevivido más de una década equilibrando lealtad, miedo y privilegios. El cerco de 2025 introduce algo distinto: la presión ya no apunta solo al alto mando, sino que baja por toda la cadena de mando, sobre todo a los mandos medios que llevan años tragándose la ruina del país.
Los F-35 sobrevuelan Maiquetía más que buscando blancos, buscando nervios. Son recordatorios de que el comandante en jefe no puede proteger a nadie de un misil lanzado desde 300 kilómetros. Ese mensaje se entiende mejor en un cuartel que en un discurso: estás solo.
El pacto que cohesionaba a la élite militar —estabilidad a cambio de obediencia— viene erosionándose. Cada oficial sabe que, si esto escala, la vida la ponen ellos, no la costra madurista, a la que muchos desprecian en silencio. Las preguntas que empiezan a circular ya no son doctrinarias, sino personales: ¿vale la pena morir por esta gente?
A eso no responde la espada de Bolívar, sino el poder real: quién puede garantizar tu supervivencia frente a una fuerza infinitamente superior.
Las estructuras autoritarias —y más aún las patrimoniales, como esta— se quiebran cuando los incentivos individuales dejan de alinearse con los del jefe. En Venezuela esa fisura quedó expuesta en julio de 2024, cuando Maduro perdió por barrida en los centros electorales militares.
Una fuerza armada que vota en contra en secreto no se inmola en público. Una institución cansada de sueldos pulverizados, ascensos corruptos y humillación logística no va a morir para preservar la comodidad de una élite.
Sobre ese sustrato opera la presión externa. Ahí, sin conspiraciones visibles, empiezan los reacomodos: coroneles que toman distancia, generales que responden más lento, unidades que piensan primero en su propio pellejo y después en el del líder.
Ahí es donde la presión estadounidense encuentra suelo fértil.
Observaciones
El abanico se reduce a cuatro desenlaces:
Continuidad tensa. El escenario de mínima energía: sanciones, ejercicios militares, sobrevuelos, jamming, amenazas dosificadas. Trump vende firmeza; Maduro, resistencia. Pero la presión acumulada y el capital político invertido hacen difícil que esta inercia se sostenga mucho tiempo. Es un equilibrio sin oxígeno.
Salto torpe. Un error mal calculado —una bomba donde no debía, un ataque a una embajada, una operación encubierta fallida— abre una escalada que nadie diseñó. El país entra en violencia abierta sin plan para el día después. Es el menos probable, pero siempre acecha cuando uno de los actores opera bajo estrés extremo.
Alfombra roja. Alguien con peso construye una salida creíble: Erdoğan, Catar, algún intermediario capaz de ofrecer garantías que Maduro perciba como más seguras que el búnker. La cúpula pacta antes de que empiece la decapitación. Si aparece una salida confiable, el cálculo cambia.
Quiebre y negociación tutelada. La degradación coercitiva produce una fractura interna. No hace falta que caiga todo el edificio; basta con que ceda la viga correcta. Se abre una transición controlada, desordenada, donde parte del chavismo se recicla, parte sale y las garantías se negocian sobre la marcha.
En cualquiera de los cuatro, el daño acumulado no se revierte. Lo que varía es la profundidad de la cicatriz.
El bluff llamado
Fuerza militar desplegada para sostener una operación de presión política.
Caracas observa con escepticismo y a veces sorna, pero no compra del todo.
Trump apuesta a que la amenaza baste. A que el otro crea que el siguiente paso es real, cercano, inevitable.
Maduro responde llamando el bluff. Aguanta. Se queda. Hace saber que no va a correr.
Uno necesita que el gesto intimide.
El otro necesita demostrar que no.
El choque no está en los misiles, sino en el cálculo.
Y ahí estamos:
un país con el cielo clausurado,
una flota estacionada a poca distancia,
un poder cercado por expedientes criminales que ya no intimidan,
un presidente estadounidense —también mafioso, aunque con más legitimidad— convencido de que la presión basta,
millones de venezolanos intentando adivinar si esta presión abrirá una puerta o añadirá otra capa de ruina.
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