La insistencia estadounidense en creer que “esta vez sí” es casi conmovedora
La orden de la Casa Blanca a los militares de concentrarse “casi exclusivamente” en hacer cumplir una “cuarentena” al petróleo venezolano durante los próximos dos meses —léase: una campaña de interdicción contra la llamada flota fantasma— fracasará por las mismas razones por las que fracasaron el sabotaje petrolero de 2002-2003 y la llamada “presión máxima” que parió aquella otra fantasía: el interinato guaidosista.
Difícilmente Maduro “pida cacao”. O “cry uncle”, como confesó Susie Wiles, jefa de despacho de Trump, que es lo que Washington espera provocar en Caracas. No tiene por qué. Quien terminará pidiendo cacao será la gente. Ya sabemos cómo es.
Aunque el objetivo es claro, que “pidan cacao”, el lenguaje no tanto. La palabra elegida —“cuarentena”, no bloqueo— le hace un guiño semántico al lenguaje de la Guerra Fría. Así hablaba Robert McNamara durante la crisis de los misiles en Cuba: bloqueo era una palabra de guerra, con consecuencias legales y políticas dentro de Estados Unidos.
Sesenta y tres años después, la administración Trump desempolva el eufemismo, pero es lo mismo: Venezuela depende del petróleo. Cortas el petróleo, estrangulas al régimen. Maduro “cries uncle”—pide cacao.
La cruda realidad
Venezuela exporta hoy entre 700.000 y 900.000 barriles diarios, con una proyección de crecimiento sostenido, a pesar de años de sanciones calificadas como “devastadoras”. No son los casi tres millones de barriles que Maduro heredó de Chávez, ni los ingresos entran al fisco, pero tampoco es un país de rodillas.
El petróleo es un bien geopolítico: se escurre si lo aprietas. Y Venezuela lleva años perfeccionando ese arte. Una arquitectura de evasión hecha de tanqueros “fantasma” —gracias a Rusia y sus armadores griegos—, transferencias barco a barco en alta mar, documentos falsificados, banderas de conveniencia y, sobre todo, compradores dispuestos a hacerse los locos a cambio de descuentos obscenos.
China absorbe el grueso de las exportaciones: más de 400.000 barriles diarios, cerca del 85% del total. India compra volúmenes modestos de forma directa, pero mucho más crudo venezolano llega por rutas indirectas vía intermediarios en Singapur y Malasia, donde se mezcla, se reetiqueta y se reenvía.
Chevron, por su parte, produce alrededor de una cuarta parte del crudo venezolano bajo una licencia especial otorgada por la misma administración Trump. La mano izquierda declara la “cuarentena”. La derecha bombea petróleo. O cómo satisfacer al lobby de la Chevron y la Exxon a la vez.
Luego está la logística. Interdictar petróleo no es patrullar un río. La costa venezolana tiene casi 3,000 kilómetros de longitud, y cubrirla requiere recursos navales muy superiores a los desplegados en el Caribe, inteligencia precisa, y sobre todo tiempo —algo que un plazo de dos meses no ofrece.
La historia es terca.
En diciembre de 2002, la “meritocracia” de PDVSA, con el apoyo de los Estados Unidos, fracasó en su intento de derrocar a Chávez con el sabotaje petrolero. Paralizaron y provocaron daños mil millonarios a la industria. La economía se desplomó, pero Chávez se fortaleció: 18 mil trabajadores que se sumaron a ese daño a la Nación fueron purgados y la “colina”, como llama Chávez a la toma de PDVSA, fue conquistada. Hasta entonces, Chávez había llegado al gobierno, pero con la toma de PDVSA logró controlar el poder. Fue el punto de no retorno.
El segundo intento llegó con el barniz tecnocrático de la “máxima presión” entre 2017 y 2019: sanciones financieras, embargo total a PDVSA, confiscación de activos, reconocimiento de Juan Guaidó como presidente interino. La producción cayó a mínimos históricos en 2020. El poder no cayó. Las Fuerzas Armadas no se partieron. El interinato se disolvió en 2022. Hoy juega pádel en Miami.
De esa asfixia nació algo más duradero: el manual de evasión que hoy permite a Venezuela exportar 800.000 barriles diarios sin demasiados sobresaltos.
Cada intento de estrangulamiento produjo adaptación, no capitulación.
”Dos meses”
La administración Trump cree que para febrero Venezuela estará de rodillas. La historia sugiere lo contrario: para febrero habrá nuevas rutas, nuevos compradores, nuevas maneras de mantener el petróleo fluyendo.
Pensar que un poder que ha sobrevivido sabotajes internos, sanciones multilaterales, hiperinflación, éxodos masivos y repetidos intentos de golpe va a colapsar en sesenta días porque la Guardia Costera interceptó un par de tanqueros es, como mínimo, ingenuo.
Decenas de otros tanqueros navegan por rutas alternativas, transfieren carga en aguas internacionales y llegan a puertos asiáticos sin mayores inconvenientes, pese a la imponente armada estadounidense, impotente frente a un casco oxidado con bandera panameña zigzagueando por el Atlántico.
Por qué el desenlace será, otra vez, el mismo
Lo que hoy se presenta como una ofensiva decisiva tiene todos los ingredientes de los fracasos anteriores: cortoplacismo, fe estúpida disfrazada de estrategia, subestimación de la capacidad adaptativa del adversario, y esa vieja costumbre de confundir superioridad moral con superioridad táctica.
El resultado es previsible. Más sufrimiento social. Ninguna transición política. Mayor dependencia de aliados no occidentales. Menor influencia estadounidense.
El petróleo, usado como arma, ha servido en Venezuela para cohesionar al poder, no para derribarlo. Ahí está la historia para demostrarlo.
La “cuarentena” de 2025 se suma a una larga lista de medidas que prometieron colapso y entregaron consolidación. Washington sigue confundiendo estrangulamiento con estrategia. El poder madurista responde con memoria y adaptación.
Cuba lleva más de seis décadas bajo embargo. Irán ha sobrevivido cuarenta años de sanciones. Corea del Norte es Corea del Norte. En ninguno de estos casos la presión económica produjo el cambio prometido. Sí produjo economías distorsionadas, poblaciones empobrecidas y élites que usan el asedio externo como coartada para quedarse.
No se trata de no hacer nada. Se trata de entender que repetir lo mismo esperando resultados distintos no es estrategia. Y la historia, otra vez, pasa la factura.
Notas:
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