La madrugada del 3 de enero, Donald Trump hizo lo que muchos dijimos que no podía hacer sin pagar un alto costo: un cambio de régimen en Venezuela.
Helicópteros Chinook con fuerzas Delta entraron a Caracas, secuestraron a Maduro y lo depositaron horas después en una celda en Brooklyn. El 5 de enero fue presentado ante un juez federal bajo cargos de narcoterrorismo.
Sospechosa por impecable
Para llevarse a Noriega en 1989, Estados Unidos tuvo que arrasar El Chorrillo y matar a miles de personas. La operación tomó casi un mes.
¿Dónde estaba el ejército “chavista”? ¿Los colectivos armados? ¿La Milicia Bolivariana? ¿Los cohetes rusos? ¿La “guerra popular prolongada” que prometían?
“Lo fácil no es que entren, sino que salgan”, alardeaban. Entraron, salieron y se lo llevaron sin la más mínima resistencia.
La historia tendrá que resolver los detalles de la negociación que abrió las puertas de una cárcel federal de máxima seguridad en Estados Unidos para Maduro y su mujer.
El éxito táctico no fue solo de las fuerzas especiales estadounidenses. Fue de una traición perfectamente ejecutada.
El triunfo estratégico
Esta operación redefine el “cambio de régimen” para el siglo XXI, a la luz de los pantanos de Irak y Afganistán.
Su triunfo estratégico es lograr el control efectivo de Venezuela sin pagar el costo del nation-building. No hay reconstrucción institucional, ni desarme de milicias, ni creación de nuevas fuerzas de seguridad. No hay ocupación con cien mil tropas durante una década. No hay insurgencia, ni vacío de poder, ni caos que administrar.
Trump lo dijo sin rodeos: esto va de captura de recursos, empezando por el petróleo. La democracia puede esperar.
Lo que Trump ejecuta hoy, con la colaboración entusiasta de los Rodríguez, no es una liberación: es una apropiación neocolonial. Se arroga, por pura fuerza, el derecho a gobernar el país. A decidir quién manda y quién no. A abrir el subsuelo venezolano a sus petroleras. A administrar un país de 31 millones de personas como si fuera una concesión.
Si esto fuera una transición democrática, si Delcy fuera el puente temporal que algunos imaginan, habría elecciones en meses, no un período de acomodo a la ocupación petrolera estadounidense.
El cambio de régimen no fue para la democracia venezolana.
Fue para el control gringo.
Esto no es Balaguer
Dicen que Delcy sería una Balaguer: la continuista que prepara la transición democrática.
No lo es.
Trujillo construyó un régimen personalista, encarnaba el Estado. Cuando lo mataron, el vacío era inevitable. Balaguer funcionó como amortiguador mientras se organizaba la transición.
El madurismo es otra cosa. No es un régimen personalista, sino patrimonial: una red de militares, burócratas y empresarios que capturó el Estado para administrarlo como botín.
Un régimen no se define por los nombres que lo ocupan ni por su retórica. Se define por cómo funciona el poder: a quién le debe lealtad, bajo qué presión opera, cuáles son los límites de lo que puede hacer o decir.
Durante años, el madurismo se legitimó, al menos en el discurso, por su “resistencia” a Estados Unidos. Podían ser corruptos, autoritarios o incompetentes, pero eran “antiimperialistas”. Esa ficción les daba cohesión interna y respaldo político.
Esa ficción terminó.
Hoy Delcy Rodríguez está donde está porque la puso Trump. Le debe el cargo a Washington. Puede repetir consignas, mantener el gabinete, invocar a Chávez, incluso encabezar la campaña “Free Maduro”. Pero la sustancia del régimen cambió. De facto, es un poder subordinado al dictado estadounidense.
El triunfo de Trump fue sacar a Maduro del volante con el auto andando y sentarse él.
Cuando cae el líder de un régimen personalista, el sistema colapsa. No hay Estado sin él.
Cuando cae el capo de una mafia, la estructura no colapsa: se adapta. Busca nuevo patrón. Negocia su supervivencia.
Las lealtades no son ideológicas ni morales. Son contractuales. Lo que importa es seguir en el business.
Por eso Trump pudo sacar al capo sin desmontar la estructura. No destruyó el aparato chavista para construir algo nuevo. Lo capturó y lo puso a trabajar para él.
Ese es el cambio de régimen perfecto. No porque sea moralmente aceptable o legalmente justificable, sino porque logra el objetivo, control de un país, sin cargar los costos que hundieron a Estados Unidos en Irak y Afganistán.
No habrá que explicar por qué hay tropas muriendo en Caracas dentro de cinco años. Ni justificar billones de dólares en reconstrucción. Habrá petróleo fluyendo, contratos firmados y un gobierno local que obedece sin que Washington tenga que gobernar directamente.
Por eso esto es histórico. No por la operación militar, sino por el modelo que inaugura:
No destruir Estados. Capturarlos.
No ocupar territorios. Controlar élites.
No construir naciones. Redirigir las existentes.
Y todo funcionó porque el régimen de Maduro no era revolucionario, sino mafioso.
Y los Estados mafiosos, por su propia naturaleza, son transferibles.
Comentarios
¡Únete a la discusión en X! Comparte tu opinión sobre este artículo.
Comentar en X